Tras la muerte de Michael Jackson el mundo entero se estremece. La prensa y las televisiones abren sus espacios informativos con esta noticia tan trascendente para la humanidad y que nos toca directamente a todos. Llevamos casi una semana así y lo que aún nos queda por ver...

Desmigajando la vida del cantante, podremos observar que desde ahora hasta hace quince años atrás, no ha publicado apenas discos y no ha ofrecido conciertos. Sencllamente se ha dedicado a vivir como un auténtico vividor despilfarrando su dinero a toche y moche -hasta su ataúd ha sido de oro macizo de veinticuatro quilates-. Lamentablemente le atrapó la muerte cuando, ahogado por las deudas, decidió volver a los escenarios para hacer caja a costa de unos incondicionales fans que son capaces de pagar la friolera cantidad de 10.000 euros por ir a verlo actuar -o por asistir al espectáculo de su entierro-.

No perdamos la perspectiva real de las cosas, el amigo Michael no es más que eso: un cantante famoso que berrea meneando el trasero y se pone la mano de vez en cuando en el paquete. Yeah!... Uuh!... All right, babe!. Además, vivía en su mansión a tutiplén como un auténtico semi-dios sin faltarle de nada por raro que ésto sea. Si eres famoso, lo normal es que seas excéntrico ¿no?. ¿Qué persona no se ha cambiado la piel de color hoy día?.

Atrás quedan los entierros austeros de científicos como Louis Pasteur, Alexander Fleming o Albert Bruce Sabin, en los que los cuerpos sin vida de estos héroes salvavidas (en raíz a sus investigaciones y a los descubrimientos surgidos a partir de ellas) se dirigían casi en soledad hacia el lugar donde reposarían eternamente. Pero no vamos a comparar a un cantante con un científico porque no tiene ni punto de comparación... el uno nos aburre y el otro nos divierte. Oooh... Yeah.

Que conste que no tengo nada contra el niño de Michael Jackson. Es la sociedad la que hace a Michael Jackson y la que olvida lo fundamental de la vida -que es vivir gracias a un avance científico-.